El orador horadado (Edición ilustrada)

Capítulo 1º

Comiendo a deshoras sus propias palabras

Comiendo a deshoras sus propias palabras

El orador no tiene consuelo, ni público que beba de sus pestañas.

-Lo sabía, sabía que esto iba a sucederte.-se reprendía a veces.

-No importa, no hay prisa. Mañana será otro día.-solía ser su réplica.
-Tengo tanto que ofrecer.- se decía esta misma tarde, mientras repasaba mentalmente su discurso, sentado en el retrete. La conjunción en espacio y tiempo de lo que estaba haciendo y su última aseveración le hizo esbozar una sonrisa.

Un discurso repetido sin cesar, tantas veces predicado en el desierto. El televisor, de igual manera, repetía lo mismo de siempre, desastre no sé donde, la cena, recalentada pero fría y la cabeza aturullada en el mismo punto de la perorata, como todos los días. Siempre el mismo punto, por más que lo ensayara, cada hora.

Un terrible horror vacui llenaba, a cada bocado, hasta el último rincón de la casa, lo envolvía todo, cada espacio hueco del lienzo minimalista que era su cubil. Un onanismo de tristezas y una tos postorgásmica era lo que quedaba de la felicidad pasada. Una dicotomía, un cruce de caminos sin crucero en el que encomendarse al altísimo. Una tierra baldía, yerma de esperanza, a un lado, un cementerio, una cloaca, al otro. El horador nunca pronunció discurso alguno, comiendo a deshoras sus propias palabras, sílaba por sílaba. Ningún oído, ni refinado ni chabacano, escuchó jamás su prédica.

Su cama, encomendada a los súcubos que, por suerte o por desgracia, ninguna noche acudieron a perturbar su sueño, yacía plácida aunque fría. El horador sueña su mensaje, y tal vez, en el entresueño pasee por su memoria María Cobarde, de altanera a cabizbaja. Puede incluso que paseen juntos, tomados de la mano. Quizás los garabatos, los llantos y las risas infantiles de los hijos que no tuvieron, arrastren por sus ojos alguna lágrima onírica. Mañana despertará azorado, más triste, si cabe, de lo habitual. Pero no recordará el porqué. El superyó se encargó de enterrar bajo toneladas de arena aquel disfraz de padre feliz. No así su sensación, desvinculada, sí, pero remanente, indeleble a la luz de la mañana que camina ya, impertérrita, por el blanco de sus sábanas.

De nuevo el nuevo día, otro más y no hay más, vuelta a empezar.

 

Capítulo 2º

Estos iban dejando sitio, poco a poco, a los cúmulos de lluvia

Estos iban dejando sitio, poco a poco, a los cúmulos de lluvia

El horador desconoce la razón, pero siempre se levantó sin pereza. Así pues ya va camino del baño. En el lavabo, él no lo sabe, le espera un invitado. Una enorme arañita, que no hace tan siquiera el amago de ocultarse. Demasiadas generaciones de arácnidos campando a sus anchas por el habitáculo del horador. Bien le conocen, toda araña que murió en esa casa lo hizo por causas naturales. Ambos juegan con el agua del grifo, el horador se lava la cara y su amiga esquiva las gotitas, correteando por la pila, ora hacia arriba, ora hacia abajo. Cuando acaba la danza, los dos se quedan mirando al otro. Nunca se vio araña tan socializada, que hasta parece levantar una de sus cuatro pares de patas para despedirse.

Ayer mismo el horador se prometió que se acabarían esos lamentables desayunos a base de café a palo seco y sin azúcar.

-A partir de mañana almorzaré manjares de toda clase.-se dijo- Al fin y al cabo el desayuno, según dicen, es la comida más importante del día.

Sin embargo, la realidad era otro cantar. Como siempre, se había olvidado de hacer la compra. Hizo la lista, por supuesto, pero quedó olvidada frente a la ventana, junto a un vaso semivacío y una caja, ésta totalmente vacía, de galletas. Sólo quedaba resignarse con ese café barato y sin florituras.

Pasado el trámite, el horador, se debatía entre salir a comprar el periódico y quedarse en la ventana, mirando enmarañarse el cielo que despertó tan azul, con falsas promesas de un leve veranillo de San Martín.

Esta sí que era una dicotomía. La opción del periódico iba tomando fuerza, no por el diario en sí, que finalmente nunca leía, pues detestaba las noticias. Lo que realmente se ocultaba bajo la obligación moral de comprar el diario, era la posibilidad de jugar a uno de sus juegos favoritos, que no era otra cosa que buscar parecidos entre los desconocidos, con otros menos desconocidos que, en algún momento, pasaron por su vida. Buscaba, por ejemplo, el rostro de su profesora de preescolar, de aquel amigo de su padre que le traía cromos, o de su primera novia. Era asombroso como la gente abrazaba ciertos tipos, con escasas variantes, aunque probablemente, no fuera más que un intento desesperado del cerebro, que siempre trata de clasificar, de tenerlo todo controlado, complementando con recuerdos la información de que carece. Lugar común.

Finalmente desechó la idea. Si salía a por el periódico no le quedaba más remedio que llevar la lista de la compra del papel a la práctica, de las palabras a los hechos, del concepto a la vida, en una dialéctica nietzscheana. La verdad no se sentía con fuerzas para darle un sentido ontológico a una simple lista de la compra. El periódico estaba descartado.

El horador camina hacia su armario, estaba bajando la temperatura. Sacó su batín y se cubrió con su felpa, mientras un escalofrío suave partía su espalda. Comenzaba su discurso, ensayo general de la mañana, palabra por palabra. Afuera avanzaba el día, los cirros se convertían en estratos, y estos iban dejando sitio, poco a poco, a los cúmulos de lluvia.

 

Capítulo 3º

Las primeras luces de sodio titilaban vacilantes sobre el río

Las primeras luces de sodio titilaban vacilantes sobre el río

El frágil optimismo de la mañana fue dando paso a una sorda tristeza vespertina. Las primeras gotas resbalaban en la pantalla que separaba su casa del mundo. Llevaba horas mirando tras los cristales. El horador había sido testigo de toda la evolución nebular, y ahora, empañado por el vaho que salía de su boca para estrellarse en la ventana, comprendía cuán solo se sentía los días de lluvia. Hacía un rato que había cejado en su empeño de buscar compañía. No había rastro de la araña por ningún sitio.

-Tenías que haberla capturado esta mañana.-protestaba.

-¿Así pretendes que sea tu amiga? ¿Por obligación?-el argumento era irrefutable.

Finalmente volvió a la ventana y siguió mirando al hueco que había dejado en su mundo la soledad. Las primeras luces de sodio titilaban vacilantes sobre el río, revoloteando a merced de la corriente, ceñidas a la orilla unas veces, dilatándose grotescamente otras, a capricho del viento.

Su alocución sonaba en este momento a dislate, como si bajo el efecto de alguna droga, toda su vida hubiera redactado, arrejuntando palabras, cada una por sí sola carente de significado, un discurso inmaculado, y ahora a la luz de la resaca, comprendiera que resultaba hiperbólico y extravagante, ridículo.

-Sólo estás cansado.-condescendía.

-Pero si no he hecho otra cosa que mirar a la ventana en todo el día.- argüía con razón.

Como si el sondear lo insondable, el esfuerzo suprahumano que supone anclar los recuerdos en lo más profundo de ese río, sobre el que las luces de sodio se complacen en sus juegos, no atribulara al más ecuánime de los corazones. Como si el pobre horador no tuviera derecho a sentir cansancio de espíritu ante una vida vacía, en la que hasta los sueños, como vimos la otra noche, se conjuran para afligirlo, desenterrando los féretros donde yacen, su juventud, su felicidad, su ilusión. Dejémosle un momento llorar por lo perdido, quizás eso le haga sentir mejor, y haga las paces con su ello, tantas veces reprimido que se siente herido en su orgullo, infravalorado entre tanto discurso racionalista.

Las lágrimas del horador tienen su reflejo en la lluvia, al otro lado de la pantalla.

 

Capítulo 4º

-Supongo que hay un momento para cada cosa.-se decía el piano.

-Supongo que hay un momento para cada cosa.-se decía el piano.

El horador descansa de su discurso y su vacío, sentado al piano, el mismo que le extrañó durante meses, sin atreverse a decir nada, así son de discretos algunos instrumentos, y especialmente este piano.

Un fraseo de Nyman surca las teclas, y puede que no sea la melodía más apropiada para el horador en este día. Esa música, lo tiene decidido hace tiempo, ha de ser la que suene el día de su muerte, funeral del poeta solitario. Y el hilo del pensamiento le lleva irremediablemente a preguntarse quién acudirá, incluso en el remoto supuesto de que llegaran a enterarse de su óbito, a despedirse de él, de entre todos aquellos a los que conoció o creyó conocer. ¿Acudiría María Cobarde, allá donde se encuentre? ¿Le recordará en algún momento, aunque sea fugazmente? El horador trata de evitar su imagen, ya lo hemos visto, no entiende por qué se deshizo de ella. Tal vez por amor, si es que tal cosa existe bajo el manto del egoísmo, sí, claro que existe, y tal vez por amor la apartó de su vida. Cuánto dolor la habría causado de permanecer a su lado. El sermón de su discurso habría matado su espíritu. Ella no se atrevía a alejarse, a pesar de que el horador sabía que lo deseaba. María Cobarde, enamorada, prometió no dejarle solo, y el horador, por amor, se juró que ella merecía ser feliz, aunque fuera lejos, muy lejos de él. Qué irónico resultaba, el amor tirando de la misma cuerda en dos bandos opuestos, luchando contra sí mismo. La derrota, claro, estaba asegurada. Las peores guerras, se decía el horador, son las que libramos contra nosotros mismos, no hay nadie que conozca mejor dónde nos duele. En la guerra contra uno mismo, nunca hay supervivientes. Y tiene uno que morir tantas veces…

El piano era golpeado ahora con rabia, con un brío que le hacía estremecerse. Este instrumento también gustaba de ser acariciado con dulzura, pero ahora necesitaba la pasión, la violencia con que el horador lo maltrataba en este crepúsculo ceniciento.

-Supongo que hay un momento para cada cosa.-se decía el piano.

 

Capítulo 5º

Sólo una pequeña lamparita ilumina su noche

Sólo una pequeña lamparita ilumina su noche

El horador horada la penumbra que, poco a poco, fue copando los rincones de la sala. Sólo una pequeña lamparita ilumina su noche. La horada con sus ojos de murciélago santón. Las luces de sodio, incansables, prolongan su baile recalcitrante, el vaho empaña los cristales y las lágrimas tenues los ojos denostados.

Al final el piano se cansó del horador. Tanto lo había extrañado y tan poco había tardado en cansarse de él. Definitivamente ese piano se parecía demasiado a una mujer. Ya no se mirarían más con los mismos ojos, el horador con sus ojos de murciélago santón y denostados, y el piano, el piano…, vaya usted a saber cómo miran los pianos. El caso es que el descubrimiento de su femineidad le contrariaba. Ya no se sentía en su casa, una especie de vergüenza púdica le hacía recatar el gesto, observándolo de reojo, como aquel que recela de una visita.

Se sentía mareado, no le había dado el aire en todo el día, estaba embotado, aturdido, solo y triste. Se sentó, colocando su batín, sobre una silla con asiento de mimbre. Echó de menos una buena lumbre con la que entretener su mirada. Recordaba las largas veladas de invierno en casa de sus abuelos, el olor a leña seca, el agrio olor del humo que desechaba el camino marcado y retrocedía, curioso, para ver que había al otro lado del hogar. Esos olores no se pueden olvidar, no como esa gente que siendo preguntados sobre olores relevantes o revelados contestaban con almizcle, ni más ni menos, a saber a qué carajo huele el almizcle. El horador no entiende qué clase de persona huele a almizcle, pedantes y horteras, seguramente.

Algún día incluiría en su discurso un extenso vituperio contra el almizcle. Primero tenía que evitar al atolladero, el punto fatídico donde día tras día, hora tras hora, se le atragantaba la perhoración. La repasaba embelesado, punto por punto. Su mirada seguía el hipnótico danzar del péndulo del reloj. Afuera le correspondían las danzas de hojas secas y lámparas de sodio.

 

Capítulo 6º

Se muestra tal cual es, sin visillos, exhibicionismo literario, literatura, al fin y al cabo

Se muestra tal cual es, sin visillos, exhibicionismo literario, literatura, al fin y al cabo

El horador no quiere ser juzgado ni mortificado. Ni por sus acciones ni sus opiniones. Absténganse de enviar quejas los amantes del almizcle. El horador es un ser viviente, a veces incluso pensante, y como tal, posee una personalidad cambiante. Podríamos decir que no es un ser unidimensional. Podríamos haber dicho también que no tiene sólo una cara, pero el horador lo descartó, para evitar malas interpretaciones, pues nunca se consideró una cara bonita. En fin, su personalidad es poliédrica, muchiédrica, millonédrica… Quién se atrevería a juzgarle después de habernos abierto las puertas de su casa, de su vida, de sus sueños, los que sueña despierto y los que sueña cuando está dormido, esos que se oculta a sí mismo. Incluso estos nos los ha servido en bandeja.

No deberíamos, pues, caer en el error de valorar “a mí me gusta más el horador del primer capítulo”, “ah pues a mí donde esté el del segundo.” El horador, como todo el mundo, tiene estados de ánimo. Ahora se siente algo más optimista, a pesar de que realmente no tenga ni un solo motivo para ello, ahora triste y desconsolado.

Aunque en este momento lo nieguen, seguro que más de uno ya había caído en la tentación de preferir a un horador sobre otro. Y sin embargo, quién de ellos pondría la mano en el fuego, quién se atrevería a asegurar que es la misma persona que salió de su casa esta mañana camino del trabajo o la escuela. Probablemente ya no sea tan siquiera la misma persona que leyó el primer párrafo. El devenir marca a fuego nuestras vidas, todos llevamos impresa la seña del tiempo en nuestros cuerpos. Por mucho botox con que algunos rechacen su lento crepitar, un brillo en sus ojos delata que por ellos pasó el tiempo. Por los ojos y por los algunos.

El horador no quiere ser juzgado por las marcas que el tiempo y la soledad grabaron en su espíritu. Se muestra tal cual es, sin visillos, exhibicionismo literario, literatura, al fin y al cabo.

Capítulo 7º

tener que maniatar sus herrores, a ver quién es el guapo, acomodarlos en el potro y, pata por pata, colocar las herraduras, sin llevarse alguna coz

tener que maniatar sus herrores, a ver quién es el guapo, acomodarlos en el potro y, pata por pata, colocar las herraduras, sin llevarse alguna coz

El horador se dispone a hacer la cama. A buenas horas mangas verdes, podrá reprocharle más de uno. No se dan cuenta de lo difícil que ha sido para él este día. Hay gente que no tiene consideración con los que sufren la vacuidad.

No es lo normal. Cualquier otro día el horador se presta diligente a las tareas cotidianas. Qué remedio le queda, tiene que convencerse a sí mismo, y por ende a los demás, de que no extraña a su criada, perdón, a su asistenta en las labores del hogar, no vayamos a caer en la vulgaridad del término tabú, teniendo recursos eufemísticos de sobra.

El horador no puede permitirse ese lujo. Extrañar a la criada, y vuelta la burra al trigo, de la que cometió el error de enamorarse, sería un nuevo error, el error herrado. Y ya está bien de redundancias. Bastante tiene el horador con aguantar sus horificios, para ahora tener que maniatar sus herrores, a ver quién es el guapo, acomodarlos en el potro y, pata por pata, colocar las herraduras, sin llevarse alguna coz.

El horador tampoco cree en la lógica matemática que dice que menos por menos es más. Estamos hablando, por supuesto, del caso de los exponentes pares, no vayamos a desvirtuar el álgebra que tantos siglos tardó en establecerse como lógica incuestionable, que, a estas alturas, Boole ya debe de estar revolviéndose en su tumba.

El horador duda, pues, de que un error herrado se convierta en un acierto, de que la nostalgia por María Cobarde, la criada, nada que no hay manera, se convierta en su tabla de salvación. Sin embargo, quizás, la única que le amarre a ser humano. El cabo de esa soga se deshilacha cada día, el puente colgante se tambalea y amenaza con romperse. Gracias a su recuerdo, aunque él lo niegue, sigue atado a la vida.

 

Capítulo 8º

Cual nivola invertida, el horador tiene pleno control sobre el hautor

Cual nivola invertida, el horador tiene pleno control sobre el hautor

El horador propone y el autor dispone. O así debiera ser y, al menos, así fue al principio. Así debiera ser, decimos, el flujo de poder en la relación jerárquica entre el autor y su obra. Mas, sin embargo, en un determinado momento el horador decidió, por fin, tomar las riendas de su vida, eludir todo control por nuestra parte, y echarse al monte, ponerse el mundo por montera, romper con lo establecido y tornarse libre.

Todo esto está muy bien, deberíamos incluso aplaudirle por su arrojo, de no ser por el efecto que este extraño caso, nunca visto, está teniendo sobre el autor. Claro, dirán algunos, el pájaro abandona el nido y el progenitor siente el vacío, el maestro extraña a su discípulo y además éste ha deshojado su corona. Envidia, en el fondo el autor siente envidia, sentenciarán lo más quisquillosos y maledicentes.

Sin embargo desconocen las consecuencias reales que los actos del horador tienen en la vida de su autor. Expliquémonos. Resulta que todo acto, pensamiento, palabra u omisión de nuestro amigo el horador tiene su inmediato reflejo en la vida del autor. Toda decisión que el horador toma en su recién adquirida situación de libertad involucra a su creador. Como si el horador fuera viviendo por anticipado, y al hautor no le quedara más remedio que esperar lo inevitable.

Cual nivola invertida, el horador tiene pleno control sobre el hautor. Habría sido digno de ver a don Miguel persiguiendo a su Augusto Pérez por las calles de Salamanca, implorando clemencia, y sensatez en sus actos, al personaje, ante el augurio inevitable de que lo que pasara a éste le sucedería a aquél. Un desastre, la deshonra del gremio, una vergüenza entre los literatos. Un poeta vencido y humillado por su personaje. Como el que fue a por lana y volvió trasquilado. Pues bien, este es el caso que se le presenta en este momento al hautor, un horador que no da muestras de piedad ni perdón ante el creador de todas sus desdichas. Un hautor al que no le queda más remedio que aceptar el nuevo orden de las cosas, dejarse llevar por su creación, vivir lo que el horador viva y sufrir lo que él sufra.

Merecido lo tiene, por cierto.

 

Capítulo 9º

Caminó hacia la lámpara, que apagó sin rabia, ni un gesto que delatara la tensión

Caminó hacia la lámpara, que apagó sin rabia, ni un gesto que delatara la tensión

El horador mastica el vacío de su cena, recalentada y fría, como siempre. Nada ha cambiado. Por un momento, al saberse libre, creyó que todo cambiaría en su vida, pero tras una profunda reflexión, concluyó que todo seguía igual. De qué le servía su nueva libertad. Al menos antes podía pensar que el hautor le llevaría cogido de la mano, a lo largo de un hilo argumental, más o menos anudado, a un desenlace, para bien o para mal. Ahora que se sabía libre, comprendía que sus pasos no conducían a ningún sitio, encallado para siempre en esa casa maldita, sin sirena de dulces cantos.

Recogió los platos con desgana y los dejó sobre la pila.

-Mañana será otro día,-mascullaba- otro puto día igual.- el horador debe de estar desesperado, nunca antes le oímos blasfemar.

La verdad le hizo libre, y la libertad, que tanto ansiaba, no hizo nada, no le hizo más feliz, no le hizo más infeliz, no minó las bases de su vida, no implosionaron las estructuras de todo cuanto le rodeaba. La libertad no hizo nada, nada de nada. El mismo vacío de todos los días, la misma tristeza sin tristeza. De la cama a la ventana, de ahí al sofá, y de vuelta a la cama, eso era todo. Realmente, ¿eso era todo? ¿día tras día? Y de vez en cuando salir a jugar con una araña o discutir con un piano.

El batín mostraba sus arrugas, desgastado por el uso, la cara del horador mostraba las suyas, desgastada por el tiempo. La escena del sofá se tornaba patética. El viento arreciaba fuera, ahora no llovía, el silencio guardaba la puerta, centinela de los solitarios. Ningún sonido llegaba a oídos del horador. Su respiración, tranquila a pesar de todo, apenas hacía un ruido perceptible. Caminó hacia la lámpara, que apagó sin rabia, ni un gesto que delatara la tensión, y regresó caminando por la oscuridad a la placenta de su cama. Pronto el amniótico calor que él mismo generara le hará caer en la telaraña fase REM. Le traicionará, por supuesto, sueño tras sueño, con todo aquello que desea.

El viento planta batalla esta noche al centinela del silencio.

 

Capítulo 10º

 María Cobarde sentía envidia de los árboles, que iba desnudando el viento, e imaginaba al orador desabrochando las hojas de su blusa

María Cobarde sentía envidia de los árboles, que iba desnudando el viento, e imaginaba al orador desabrochando las hojas de su blusa

-¿Quiere usted el desayuno?-preguntó María Cobarde

-El imperialismo es lo que tiene, que nos roba las paredes. –continuaba el orador, sin prestar atención, imbuido en su discurso.

María Cobarde se afana en limpiar el óxido que roía las ventanas.

El reloj está parado sobre una mesa de despacho, un dragón en la ventana, parpadea la criada. El mitológico reptil grita con fuerza, María Cobarde duda, no hay altura suficiente. Escupe en la taza de café del orador, y arrepentida la empuja hacia el vacío.

-En seguida lo recojo. Puedo prepararle otro si quiere.

El orador contesta a su manera, con un leve gesto de cabeza.

No sabe qué le pasa, quizás está cansada, sintió ganas de tirarse, continúa trabajando, de altanera a cabizbaja. El río fluye más abajo, se escuchan los ecos de los ensayos de la banda.

Ahora cesan los acordes, tal vez se dieron cuenta de que pudo haber un muerto, pero no encontró las ganas.

La mañana prosigue su paso, los pájaros revolotean sobre las copas de los álamos del paseo fluvial. Una criada desesperada, que aún ama al orador, con tendencias suicidas, que no se decide, por cobardía, a acabar de una vez por todas con su dolor, con todo, es menos pusilánime que el orador, cobarde entre los cobardes, que no se atreve a admitir cuánto la ama.

Los vencejos estivales habían cedido ya el testigo a las aves nivales, los córvidos, urracas y cornejas que graznaban con desgana. María Cobarde sentía envidia de los árboles, que iba desnudando el viento, e imaginaba al orador desabrochando las hojas de su blusa. Una leve desidia era lo que le devolvía la realidad. El orador jamás se atrevería siquiera a fantasear con ella, caminaba por la vida como un fantoche santurrón, miraba a las mujeres como a delicados ornamentos inmaculados, a los que no se permitía desear. Todo podía ser perfecto entre ellos, mas la cobardía les estaba cocinando la renuncia. Si hubieran luchado mínimamente, si hubieran traspasado la última frontera, habrían llegado a ser felices.

La urraca pica en su cuarzo rosa, María Cobarde se corta las uñas, el tiempo pasa despacio, las doce y veinticinco en el reloj del campanario.

 

Capítulo 11º

El horador tinta sus versos con alprazolam 1mg, regado con café austero y sin azúcar

El horador tinta sus versos con alprazolam 1mg, regado con café austero y sin azúcar

La mañana amaneció despejada aunque fría. El horador tinta sus versos con alprazolam 1mg, regado con café austero y sin azúcar. Halprazolam, haustero, hazúcar El horador siente el vacío de cada día, como el padrenuestro.

Un alma horadada, acribillada, con tantos orificios que es incapaz de retener los fluidos de la felicidad o la tristeza. Todo el mundo sabe que son fluidos, nadie hay a estas alturas que lo dude, que fluyen a su manera y a su antojo, un fluido negro, otro blanco. El ying y el yang hace ya tiempo que no se dejan ver por el alma del horador. Un alma vacía a la fuerza, las pasiones atraviesan los horificios como los áridos por el tamiz, sólo que en esta criba nunca hay restos. El horador, horadado, es incapaz de contener, continente inútil, algún rastro de ilusión o desesperanza. Nada, vacío, vacuo.

Fingiéndose despreocupado, aunque reticente, se dirige hacia el piano. Se sienta en la banqueta, arpegiando un Si menor, una, dos, tres, cuatro veces descienden las notas, continua en La mayor. Repite la estructura bajando una octava, una, dos, tres veces.

-¿Por qué, por qué este vacío? ¿Por qué poeta solitario?- se interroga el horador.

-Tal vez sea la lección que debas aprender, todo pasa por algo.-espeta sin pensárselo el piano.

-No lo creo.-contesta el horador, sin preocuparse excesivamente por la novedad de estar hablando con un piano-Sencillamente estoy aquí, solo, vacío, pero dudo que pertenezca a un plan preestablecido.

-Tienes que aprender a estar solo porque, aunque lleves así toda la vida, nunca has aprendido nada. Hasta que no asimiles la lección no pasarás de curso, en una dialéctica que entiendas, antiguo profesor.

-No.-renegaba el horador- Buscar razones, causas externas es absurdo, estoy vencido porque estoy vencido, ha surgido así. Si aprendo algo de ello es porque yo quiero, no hay dios, destino ni karma que me traiga por estos derroteros. Es otra vez nuestro ansia de clasificar, de ordenar, de explicar lo que no tiene explicación, relaciones causa-efecto falaces para darle un sentido al desconcierto. No lo tiene. Lo demás es egocéntrico y peligroso.

-De acuerdo, como quieras. Tú sabrás.

Así habló el Piano.

 

Capítulo 12º

El horador horada el firmamento, y es la primera vez en meses que siente algo parecido a la alegría

El horador horada el firmamento, y es la primera vez en meses que siente algo parecido a la alegría

El cielo límpido, cristalino, arrasado por el frío ya casi invernal, es el mejor, indudablemente, cuando tratamos asuntos astronómicos. Amén de que los motivos celestes son mucho más atractivos que los del estío. Eso al menos es lo que opina el horador, que ya sea por esta razón o porque como vemos últimamente, se siente más nostálgico de lo habitual, ha decidido desempolvar su viejo telescopio refractor, esto es, construido con lentes y no con espejos, para subir sin ser visto a la azotea y enfrentarse al firmamento.

El recuerdo de su padre, fanático del cielo, y de su niñez, admirando aquellos tesoros brillantes, solamente accesibles a los observadores, permanece indisoluble en su memoria.

Las noches sin luna, como ésta, son las más propicias para contemplar el espectáculo del cosmos. Al contrario de lo que piensan algunos, el satélite selenita es casi siempre un estorbo, pues la luz, muchas veces, es la que nos impide ver, y no la oscuridad.

El cúmulo de las Pléyades, primera víctima que encañona el horador, se muestra displicente, con una luz mortecina que aúna cada uno de los puntitos brillantes que lo forma. No pueden dejar de pasar por el objetivo de este francotirador intergaláctico la galaxia de Andrómeda, cercana a la constelación de Casiopea, la nebulosa de Orión, nunca jamás se verá en ningún rincón del universo una luz como esta, Saturno con su perceptible anillo de casado, lástima que el tiempo le haga devorar al hijo fruto de este matrimonio, Júpiter con sus múltiples y visibles satélites, y volviendo a la región circunpolar, el motivo celeste favorito del horador. Nos referimos, por supuesto, a esa estrella que no es una estrella, escondida en la yunta que tira del Carro, la pareja Alcor-Mizar, estrella binaria, para el horador culmen de la lógica celeste. Este sistema binario siempre hizo creer al horador que el equilibrio lo guarda la pareja, ninguna asociación es más perfecta que la formada por dos elementos que se compensan. No deja de sorprendernos este horador, ahora resulta que es un romántico. Y lo peor es que lo piensa desde la primera vez que su padre le mostró la estrella binaria de la mayor de las dos constelaciones úrsidas, cuando aún no era más que un niño. La vida en pareja-se dice el horador- es mucho mejor que este vacío. A cuántas unidades astronómicas se encuentra de mí, astro solitario, la siguiente estrella.

El horador sabe que asomarse al cielo nocturno es viajar en una máquina del tiempo hacia el pasado, miles, millones de años. Observamos los astros tal y como eran en el momento que esos fotones partieron de ellos, recorriendo millones de kilómetros durante miles de años para incrustarse hoy en nuestra retina. A saber cuántos de ellos siguen existiendo en este momento. Aunque nos llegue la luz que enviaron hace un millón de años, muchos seguramente ya no estén donde los vemos. El horador se siente pequeño, infinitesimal, cada vez que reflexiona sobre esto. Y no puede por menos que acordarse de la muerte, de lo insignificantes que somos, y de lo corta que es la vida, para andar malgastándola con desencuentros, mentiras, o con la peor de todas las renuncias, la cobardía, la que le dejó en este estado de postración existencial.

 

Capítulo 13º

Incansable, la polilla embiste a la bombilla, ignorante de que jamás alcanzará su filamento, todo lo más dejar sus fluidos pegados en el vidrio, y la vida en el intento

Incansable, la polilla embiste a la bombilla, ignorante de que jamás alcanzará su filamento, todo lo más dejar sus fluidos pegados en el vidrio, y la vida en el intento

El horador surca los cielos con su escopeta bien cargada, sabiendo dónde apunta. En un momento dado una mancha oscura interrumpe su visión de la nebulosa de Orión, a la que ha vuelto, cautivado. El horador parpadea pero la mancha persevera. Confuso, retira su ojo abierto del visor y busca en el cielo la causa de su ceguera, mas ahí está su nebulosa, en su sitio, donde debe. El porqué ha de buscarlo más cerca, una curiosa polilla que se asoma al ojo del cañón del telescopio.

-Estúpida polilla, en lugar de mirar al firmamento, mira hacia dentro del telescopio, qué esperará encontrar.-desconoce el horador que cada noche de su vida el lepidóptero tuvo el cielo como manta y las estrellas como alcoba, pero es la primera vez que ve un artilugio como éste.

Aterido y encogido, el horador decide que ya está bien por hoy, no sin antes respirar por última vez el aire de su noche, aderezado con el humo lejano de alguna chimenea de leña. Cuando llega a su cubil descubre, asombrado, que la polilla sigue ahí, admirando el invento galileano. Al encender las luces todo cambia, y el insecto abandona a su primer amor, dejándose cegar por el fulgor de aquél que no le dará otra cosa que la muerte. El horador comprende, realizes, que todos somos un poco como esa polilla. Nos dejamos seducir por las lentejuelas, los brillos irisados y las incandescentes mentiras, que tarde o temprano se acabarán convirtiendo en dolor, en renuncia, en muerte.

Incansable, la polilla embiste a la bombilla, ignorante de que jamás alcanzará su filamento, todo lo más dejar sus fluidos pegados en el vidrio, y la vida en el intento. Por qué, por qué razón seguimos dando cabezazos cada día a la pared del sufrimiento, por qué buscamos incansables aquello que sabemos que nos daña, por qué te busco, como aquel loco que brotara de la mente de L. Felipe Comendador, con la esperanza de no encontrarte.

El horador recuerda a sus amigos de juventud, pobre Luke, hace poco se enteró de que se había agujereado la cabeza, ni Edmund ni Adelaida pudieron hacer nada para evitarlo. A cada momento acercaba insistentemente el pistolón a su sien, como la polilla a la lámpara. Mejor ejemplo imposible, quod erat demostrandum.

La polilla, por supuesto, yace achicharrada al pie de la lámpara, como todos nosotros, tarde o temprano.

Capítulo 14º

ni siquiera los semáforos le devolvían su guiño cómplice

ni siquiera los semáforos le devolvían su guiño cómplice

La primera vez que el orador tuvo consciencia de su calidad, o deberíamos decir cualidad, de horadado fue a los pocos meses de desaparecer María Cobarde. Sí, tardó meses en extrañarla y comprender que ya no estaba, mas no hacía otra cosa que incubar la enfermedad de la que ya era portador, aunque no se manifestaran los síntomas, un mal incurable, que lo roía por dentro, una carcoma del alma que le privó de toda afirmación humana y lo dejó horadado hasta el athman. Sin palmaditas en la espalda, qué creía, sin otro ser humano en cuyo hombro apoyar su llanto metálico, sin pecho desnudo en que dormir la siesta, sin manos que acariciaran su pelo o su barba, sin brazos para sus abrazos, barriendo día tras día el aserrín de su aliento.

La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.- canturreaba Silvio en la vieja radio cada tarde, el muy traicionero. El orador, que ya se sabía horador, aguantaba los envites en la penumbra de sus tardes. Y hubiera sido fácil hacer girar la rueda que arrastraba, piñón-cremallera mediante, el dichoso dial de la emisora, pero el horador, como la polilla que algún día conocerá, gozaba muriendo lentamente, arremetiendo contra el bulbo del farol.

El tiempo todo lo cura. Salvo la muerte, apostillan los morbosos, y el amor del horador no iba a ser menos. Pero, claro, los morbosos tenían su parte de razón, la paulatina e inexorable pequeña muerte del horador, no tenía cura, seguía su runrún constante.

Nadie bebía de sus pestañas, ninguna mujer suspiraba coplillas de amor por su persona, ni siquiera los semáforos le devolvían su guiño cómplice. Comenzó por ponerse metas pequeñas, que iba rebajando a medida que las intuía inalcanzables, escalón tras escalón hasta el sótano del subconsciente. Sus aspiraciones contrastaban con la realidad, que le volvía la espalda. Y horadado cual esponja, se dejó flotar en el mar apaciguado de su discurso, haciendo el muerto.

 

Capítulo 15º

Dejarte abrasar por el fuego hasta consumirte, por el simple placer de haber ardido

Dejarte abrasar por el fuego hasta consumirte, por el simple placer de haber ardido

El horador se folla un blues en Re menor, sentado al piano. Y no es tarea sencilla follarse un blues, pero el horador tiene experiencia sobrada en este campo, pues ha follado con la muerte, la soledad y con el viento.

Watching you baby

watching you all the time

-¿Por qué, viejo profesor? ¿Por qué buscas el dolor? ¿Por qué razón nos castigas con este blues? No deberías sumirte en una música tan triste, no.

– Para ser un piano no tienes mucha idea de música-responde ofendido el horador- El blues es un estilo que abarca todos los sentimientos. Puede llegar a ser una de las músicas más sensuales. ¿Sabías que la blue note, responsable de la sonoridad característica del blues, estuvo vetada a los compositores durante siglos por los poderes eclesiásticos, pues incitaba a la lujuria y la depravación, al pecado en una palabra? Uno de mis antiguos profesores siempre contaba este tipo de historias. Llegó a obsesionarse con la sonoridad de lo que él llamaba depravación y miseria hasta tal punto que se volvió loco. Buscaba la autodestrucción como musa, los ambientes obscenos, la muerte como compañera ocasional, y el alcohol como amigo inseparable.

-¿No serías tú ese viejo profesor?

-Quizás en otro plano de existencia, en un extraño background, parte de él fuera yo, y, probablemente yo habría acabado del mismo modo de no ser por mi eterna cobardía.

-Tengo la impresión de que al perder la cordura, tú pasaste a ser el viejo profesor. Debes buscar la salvación o la perdición absoluta de una vez por todas. Él asumió un camino. Busca el tuyo. Deberías probar a asomarte al abismo de unas pupilas de mujer. Dejarte abrasar por el fuego hasta consumirte, por el simple placer de haber ardido.

-No te falta razón en tus desvaríos. Sueño cada noche con unos ojos grises de mujer. No te falta razón.

-Estoy convencida de ello.

Así habló el piano.

 

Capítulo 16º

Las luces de sodio le dan al aguanieve un tinte mortecino, una atmósfera de cuento romántico, una acuarela lamida por un charco o un óleo de Caspar David Friedrich

Las luces de sodio le dan al aguanieve un tinte mortecino, una atmósfera de cuento romántico, una acuarela lamida por un charco o un óleo de Caspar David Friedrich

El horador enfila sus pasos con decisión a través de la avenida. Las luces de sodio le dan al aguanieve un tinte mortecino, una atmósfera de cuento romántico, una acuarela lamida por un charco o un óleo de Caspar David Friedrich.

El horador no lleva paraguas, pues tiempo ha que acostumbró su piel al frío y la llovizna. Las calles atestadas de gente, aunque parcas en humanidad, delatan la proximidad de las fiestas navideñas. Arrastrando las bolsas de su compra, por fin, como un pelele embutido en su desgastado abrigo, cuando ya se disponía a volver a su cubil, deslíe en su cabeza la idea de comprar un regalo. Nada extraño siempre que pasemos por alto el hecho de que no tiene destinatario.

Los pies del horador, aún más decididos, no sabemos por qué, atraviesan el umbral de la vieja librería. Un viaje en el tiempo a una época de papel sin brillo, tapas de cuero y arañas alumbrando desde el techo, pendiendo de su tela, es lo que nos aguarda tras la puerta.

El dependiente, con lustroso traje que contrasta con su alba barba descuidada, escruta la mirada del horador queriendo decirle sabía que volverías, tarde o temprano. Sin articular una sola palabra se pierde en la oscura y lóbrega trastienda, para volver pasado un tiempo, con una primera edición de Rayuela, dedicada por Cortázar. Un silencio compartido finaliza la transacción en lo acordado hace ya tantos años, un trato es un trato, al fin y al cabo.

El horador se deja mecer de nuevo por la tierna llovizna, sabiéndose poseedor de un tesoro inigualable, un regalo sin dueño, un poema sin destinatario ni remite, como ese domingo que no nevó. O eso nos ha hecho creer a todos este tiempo. Los ojos grises de mujer de ese sueño recurrente, ésos son los únicos herederos de su fortuna.

El horador sonríe pícaramente para sus adentros, de vuelta a su hogar, perdido entre la niebla.

 

Capítulo 17º

-¿De dónde vienes?- preguntó el piano. -De dar una vuelta por la tierra y pasearme por ella.-contestó el horador.

-¿De dónde vienes?- preguntó el piano.
-De dar una vuelta por la tierra y pasearme por ella.-contestó el horador.

-¿De dónde vienes?- preguntó el piano.

-De dar una vuelta por la tierra y pasearme por ella.-contestó el horador.

-No sabía que te deleitaras en los pasajes bíblicos. El guíglico te pega más.-bromeaba el piano.

-Hay muchas cosas de mí que no sabes.- dijo el horador con falso misterio en la sonrisa. Le estaba gustando el juego.- ¿Dónde está tu cortesía, por cierto?

-La cortesía para las cortesanas. Te veo distinto, viejo profesor. Tienes un halo alegre.

– Tal vez esté mejorando, por mí mismo, basando la felicidad en el yo. Si estoy bien conmigo, estoy bien con los demás y todo fluye ¿no es eso? ¿no es lo que siempre dices?

-Es lo que tienes que hacer. A ti te tendrás siempre, la gente va y viene, todo cambia, nada permanece. Basar la felicidad en el yo es bueno.

-Eso me está quedando clarísimo.

-Porque así conseguirás brillar. Y, al brillar, el mundo danzará contigo.

-¡Qué bonito! Me vas a quitar el puesto.

-Ayer te abronqué y te dije lo mismo. Pero en negativo. En positivo suena mejor, ¿verdad?

-Indudablemente.

-Y precisamente esa es otra lección. Siempre hay que translucir el lado positivo.

-Estás inspiradísima.

-Eres un hueso duro, pero no tanto como crees. Sé en quién pensabas cuando decidiste volver a la librería, sé de quién son esos ojos aunque tú hayas olvidado el contexto en que enmarcar su mirada.

-Me asusta que puedas conocerme mejor que yo mismo, a pesar de lo que dije antes. No importa que tengamos una cosmovisión distinta de la vida. El fin es el mismo, no importa el trazo, somos el mismo camino por andar, la misma meta difuminada, todos, da igual hombres o piano, en tu caso. No me dejas otra salida que darte la razón en demasiadas cosas.

-Lo supiste desde el principio.

Así habló el piano.

 

Capítulo 18º

n eterno retorno de lo mismo, de lo absurdo, una cinta de Moebius alquitranada, bien delimitada, una jaula de rutina, mil veces caminando por su única superficie monoédrica

Un eterno retorno de lo mismo, de lo absurdo, una cinta de Moebius alquitranada, bien delimitada, una jaula de rutina, mil veces caminando por su única superficie monoédrica

El horador destila la abulia de sus tardes en alquitaras somnolientas, cual alquimista del hastío, libando su pereza. Cocina la muerte en su despensa, discrepa de sí mismo y se mece por las olas de su sopa. Los ojos de mujer, ay esos ojos, hace noches que no aparecen. Es extraño, nunca los vio a la luz del día, siempre protegidos por un manto de tinieblas. Los relojes, dalinianos testigos del paso irremisible de un tiempo que no le sobra, le miran por encima del hombro. Relojes mirando al hombre por encima del hombro. Un cáustico desencuentro de terraplenes, de trágicas pendientes. Un no tener a quién decirle que no tiene nada que decir. El piano permanece hoy mudo al otro lado del orbe de la sala. Cortinas sedosas, mecidas de la corriente, se dejan atardecer, biseladas por el ocaso.

-Monotonía, monólogo, monosílabo. Mono, mono, mono. Demasiado simiesco.

Vías férreas de un destino que no lleva a ninguna parte, dónde, cuándo y por qué se produjo el cambio de agujas. Dónde perdió el camino, presagio de muerte, de pequeñas muertes, de renuncias. Un eterno retorno de lo mismo, de lo absurdo, una cinta de Moebius alquitranada, bien delimitada, una jaula de rutina, mil veces caminando por su única superficie monoédrica.

De nuevo el dichoso prefijo solitario, el cactus en el desierto lunar, el ave solitario, exiliado de la bandada. Floreciendo en silencio, alcanzando los niveles más maravillosos de belleza, un cacto en flor hecho arte, ARTE con mayúsculas, arte de verdad por primera vez en la historia, floreciendo en silencio, floreciendo para nadie, nunca será contemplado por retina alguna, floreciendo para nada.

Primera edición, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, © 1963. 8º 155págs., en la primera página, reliquia de santo, de místico profeta, en el altar de la entropía.

Una fiesta sin payaso y el vaso medio vacío, sin lista de la compra y sin caja de galletas.

El horador se corona con aureolas de espinas estroboscópicas, y un disparo lejano le despierta de su arrullo.

 

EPÍLOGO

Al neverland de la inocencia, del sombrerero loco y una nariz de payaso. Madness is madness, todo se reduce a eso.

Al neverland de la inocencia, del sombrerero loco y una nariz de payaso.
Madness is madness, todo se reduce a eso.

La araña baila su danza sobre el neón de la contienda, el piano enmudece, amordazado por poco tiempo por la razón que subyace en cada epitelio del sueño lisérgico. Psicotropía como cultura y cultura como arte inacabado, efímero, mal que nos pese. La rueda del dharma sigue su curso, como el dial del transistor, om mani padme hum.

Mantra:

El horador libando sus licores libaneses, confundiendo lividez con levedad, liviano como pestaña de elfo, se deja flotar por siempre en el océano del qué vendrá. Repartiendo regalos innecesarios. Las fechas navideñas nada tienen que ver con esto, responde a otras razones. Repartiendo zapatos de cenicienta encontró el camino hacia su infancia, a la tercera transformación del espíritu, al país de las maravillas de neverland. Al wonderland del neverland. El país del terrorismo poético, de la belleza como razón de su existencia, de la felicidad de la tortuga, del cubrir la piel con piel, de besar los labios de la noche, de los masajes gratuitos y los ojos de placer. Al neverland de la inocencia, del sombrerero loco y una nariz de payaso.

Madness is madness, todo se reduce a eso.

Je vis follement, je vis à la folie.

El horador no tiene consuelo, ni público que beba de sus pestañas. Ni falta que le hacen.

– FIN –

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