Días de vino y terciopelo rosa

El vigesimoséptimo no fue mucho mejor.
Acababa de llegar de una reunión de trabajo,
Que no había ido nada bien, por cierto,
y me metí una botella de vino entre pecho y espalda antes de salir de casa.


Me preguntaste, entre asombrada y cómplice,
si ya estaba borracho y me llevaste a la encerrona
como al ratón a la ratonera.


Recuerdo entrar de espaldas al salón
y encender las luces mientras declamaba
sobre cuánto odio mi cumpleaños.
Entonces unas voces tímidas
—de amigos que lo serán por siempre,
sin importar el tiempo y la distancia —
gritaron sorpresa y me abrazaron.

Más tarde, aunque no pasó nada entre nosotros,

bajamos a los bares, tú y yo encadenados por esposas
de terciopelo rosa, y voy a ahorrarme el comentario,
que enseguida te encaloman
el sambenito de romántico y cursi in extremis.
Y creo, además, que la metáfora
habla por sí sola.

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