Historia de dos ciudades

  • portada historiadosciudadesHistoria de dos ciudades, una de aquellas grandes novelas por entregas que nos legara Charles Dickens es el retrato de un momento concreto de la Historia, en dos ciudades que vivían momentos cruciales y completamente distintos. Por un lado, la pacífica y equilibrada Londres, frente a la injusta y brutal París, tanto antes como durante la Revolución Francesa. La crítica social, por tanto, en esta ocasión deja a un lado la corte británica y cruza el canal de La Mancha, junto con sus personajes, para denunciar las injusticias del Antiguo Régimen, personificadas en la sanguinaria familia Evremond, pero más aún si cabe la barbarie acontecida en los primeros meses de la Revolución a manos del pueblo, personificada ésta en el matrimonio Defarge y la cruel Venganza.

La historia se desarrolla con gran solvencia, creando una tensión dramática espectacular que se veía aún más acrecentada en la época de la publicación, si cabe, con la espera que acontecía entre cada nueva entrega. Es lo que diríamos hoy en día una trama de manual. Los personajes en cambio, aunque perfectamente retratados, son completamente planos y no nos ofrecen evolución psicológica alguna, nada de ellos puede sorprendernos, parten de una concepción absolutista del comportamiento humano, el bueno seguirá siendo bueno pase lo que pase y lo mismo ocurrirá con el malo, o son héroes o villanos. En ningún momento veremos al héroe cometer un acto reprobable ni al villano caer en la debilidad de un acto loable, si acaso y como excepción, en la conciencia del viejo Defarge, que consigue acallar su mujer.

La crítica social, como ya se ha dicho, recae sobre la nación francesa, mostrando al reino británico como ejemplo de paz y orden en una visión quizás demasiado tendenciosa. Si injusto era el Antiguo Régimen, injusto fue el nacido tras la Toma de la Bastilla, en el que afloran las venganzas personales, como en toda contienda fratricida, y la turba se ve sumida en la barbarie y la sin razón. Pero de ahí a poner al Imperio Británico como ejemplo hay un trecho.

Lo mejor de la novela, amén de pequeños pasajes que rozan el impresionismo literario, la reflexión que aparece al comienzo del útlimo capítulo:

“Pero en la tierra de Francia, tan fecunda como variada en sus riquezas, ningún fruto, ninguna hoja, ninguna semilla se desarrolla y madura en condiciones más seguras que las condiciones imperiosas que produjeron este horror. Forjad otra vez la humanidad con semejantes martillos y se torcerá bajo vuestros golpes y creará los mismos monstruos; sembrad nuevamente el privilegio rapaz y la opresión tiránica y podéis estar seguros de que recogeréis los mismos frutos.”

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