1ª Parte. El Abuelo Fausto. Capítulo IV

Una tierna llovizna iba lamiendo la piel terrestre, cubierta de nieve, en una sobremesa de otoño, mesa camilla y café humeante. Gustave y su abuela, con las gafas cabalgadas sobre la punta de la nariz, repasaban los papeles de la notaría e intentaban sacar algo en claro de los legajos de escrituras que habían aparecido en el desván. La novela manuscrita, sin embargo, permanecía oculta entre el equipaje de Gustave, que se había prometido no desvelar a nadie su secreto, al menos hasta que hubiese leído y ordenado todos aquellos papeles. La curiosidad por la historia y la vida de su abuelo había crecido enormemente y esperaba que aquel rompecabezas le ayudara a entender algo mejor quién fue realmente Fausto de Castro. Sin embargo, la impaciencia le carcomía y, por otro lado, no se le iba a presentar una ocasión mejor para hablar a solas con su abuela.

-¿Por qué apenas vino nadie a despedir al abuelo? ¿No se llevaba bien con la gente del pueblo?

-Mira, Gustave, jamás hagas caso de lo que diga la gente. Por encima de todo, tu abuelo era un buen hombre. Miró siempre por tu padre y sus hermanos y me quiso hasta el último aliento. Ya sabes que en estas pequeñas aldeas la maledicencia es el pasatiempo por antonomasia, pero puedes estar seguro de que siempre fue bueno con todo el mundo. Si yo pude perdonarle, lo que piensen o digan los demás me trae sin cuidado. –contestó la abuela, bajando el tono de voz, enigmáticamente, .

-¿Pero perdonarle qué?

-Gustave, tú ya no eres un niño y sabes que un hombre es un hombre… Hazme caso, siempre trató con humildad a todos. La envidia por sus negocios en la capital, que le devolvieron convertido en un dandi, ay si le hubieras visto en aquella época. Bueno, qué te voy a contar, si eres su viva imagen, con algunos años más que tú cuando regresó. En este pueblo nunca se perdona al que cambia de clase. Los movimientos entre estratos sociales no están bien vistos, hijo. Los amos de las tierras le veían como una amenaza y sus compañeros y amigos como a un traidor. Un traidor al que no dudaban en pedir ayuda cuando pasaban hambre y penurias, y al que no dudaban en difamar en cuanto salían por la puerta con las alforjas llenas. Era una buena persona, demasiado buena. Más de uno merecía haber quedado muerto de hambre en el arroyo y tu abuelo, hijo mío, nunca lo permitió. Esos mismos que ayer quedaron en casa, al cobijo de la cellisca, o que mascullaban entre dientes donde Balbín.

-¿Y por qué un traidor?

-Porque supo adaptarse, gracias a Dios, y eludir la muerte primero y la cárcel después. La guerra, ¿sabes? Pese a su juventud, tu abuelo se había significado y tenía grandes amigos en el ateneo, muchos de los cuales fueron fusilados o desaparecieron durante años, huidos y sin que siquiera sus familias supieran si seguían con vida. Después de la guerra, aparte de cuidar del ganado de su padre, se ocupó de abastecer al pueblo con productos que traían del estraperlo y, en pocos años, empezó a comerciar, ya de manera legal por las aldeas cercanas, dando el salto enseguida a la capital. No debió de irle mal, como ya te he dicho, porque volvió hecho un pollo pera. Las mozas se lo rifaban, nos lo rifábamos. Era joven, guapo, inteligente y estaba haciendo dinero, más que los señoritos. El rey del mambo. Él nos camelaba a todas pero no se fijaba realmente en ninguna. Así empezaron los líos, los caciques que veían ensombrecido su poder, eran años de malas cosechas y la tierra no daba ni para subsistir, tu abuelo Fausto haciendo dinero y paseándose como si fuera uno de ellos, o así lo creían, y encima engatusando a las muchachas. Era intolerable. Las familias de los desaparecidos le veían pavonearse como un nuevo rico y, aunque ayudó a mantenerse a muchas de ellas, le despreciaban profundamente, más que a los terratenientes a los que habían dirigido tradicionalmente sus odios. Pero Gustave, no dudes de que fue justo con todos y no se olvidó ni un instante de ellos.

-Pero tú no naciste en este pueblo, ¿verdad, abuela?

-Mis padres se trasladaron desde la capital cuando consiguieron la licencia para la botica. Yo tendría ocho o diez años.

-¿Y con qué edad te casaste?

-Me faltaban unos días para los diecisiete, una niña. Una niña ingenua.

-¿Ingenua?

-Sí, hijo, sí, pero aquello parece todo tan lejano. Era otra vida y otro mundo. Ahora es distinto, a veces dudo si mejor o peor. La gente andaba descalza por los barrizales que olían a orín y estiércol, pero todos nos conocíamos y el ritmo de las cosas era más tranquilo. No digo que la gente fuera mejor que ahora, ya ves que la malicia ha existido siempre, pero el mundo era más pequeño y mucho menos avasallador. El hambre era hambre, la vida, vida y la muerte, muerte. Ahora vivimos en un eufemismo, todo es sucedáneo de la realidad.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza y apenas quedaba rastro ya de la nevada. Gustave, acodado en la ventana, miraba la calle más allá del jardín mientras las últimas palabras de la abuela resonaban aún en su cabeza. El silencio se había hecho dueño y señor de la sala. Una mancha de hollín con forma de paraguas se acercaba hacía la casa, lentamente por la calle desierta.

-Creo que tienes visita, abuela.

-¿Quién es?

-Yo diría que la señora Custodia.

-Es cierto, nos encontramos esta mañana y me dijo que pasaría a acompañarme. Lo había olvidado por completo.

-No te preocupes, os dejo solas un rato. Necesito tomar el aire.

-¿Tomar el aire? ¿Pero tú has visto cómo está la tarde? Además, aquí no molestas.

-Hace una tarde muy buena.-dijo Gustave entre risas.- Así me acerco a la taberna y pruebo el famoso risolio del que tanto hablabais siempre.

Mientras Gustave subía a la habitación a buscar algo de abrigo con que cubrirse de la llovizna, la abuela se acercó a la puerta para recibir a la señora Custodia. Una vez pertrechado para el aguacero, se acercó a saludar a la amiga de su abuela, que lo recibió efusivamente, como sólo lo hacen las viejas besuconas.

-No te entretengas mucho, hijo, que hace un tiempo horrible.

-De acuerdo, abuela, hasta luego. Me alegro de verla, doña Custodia.

El agua caía pesadamente sobre su cabeza, por lo que apretó el paso, pero incluso con esa precaución llegó a la taberna hecho una sopa. Aquella se encontraba bastante más concurrida que la noche anterior, pero el ambiente era el mismo, hombres malhumorados que renegaban del tiempo, porque les había paralizado la siembra y no les dejaba otra cosa que hacer que refugiarse en la taberna. Si llovía poco se habrían quejado de la sequía, si llovía torrencialmente de que el agua todo lo arrasaba y si llovía con dulzura de que los arroyos no corrían. La nieve era un seguro de agua de cara al verano para unos y una condena para los que sembraban a destiempo. Eran tierras duras y sus gentes ásperas.

-Buenas tardes.-dijo Gustave, dirigiéndose a la concurrencia.

-Poco tienen de buenas, señorito de Castro.- contestó una voz agria, de desprecio y orujo.

-Buenas por la costumbre. Y por educación, Abelardo.- intervino el tabernero.

-Tiempo de agua, al bar o a la fragua.-apostilló otra voz.

-¿Cómo quedó doña Asunción?- dijo Balbín, dirigiéndose al muchacho.

-En paz, de una santa vez.- siguió provocando Abelardo, entre las risillas de los parroquianos.

-Calla tú, o te largas a dormir la mona a casa. Perdónale chaval, ¿cómo te llamabas, por cierto?

-Gustave.-respondió el chico, con exagerada dicción.

-¿Como Gustavo pero sin la o?

-Más o menos, sí.- contestó Gustave, sonriendo.

-¿Y de dónde te sacaste un nombre tan…?

-¿Raro?

-Poco común.

-Creo que mi padre era un gran admirador del escritor de la palabra exacta.

-Por aquí no llegaron noticias de sus libros. Bueno, ¿qué tal se pasó la noche en la vieja casa?

-Bien, supongo. ¿Me pones una copa de ese famoso risolio?

-Hombre, eso está hecho. Te contaron los abuelos, ¿verdad? El viejo Fausto era lo único que bebía.

-Y el joven Faustito aprende las artes del viejo. Esperemos que no todas.

-Abelardo, a dormirla. No le hagas cuenta, Gustavo. Es el aguardiente el que habla y no él.

-Los niños y los borrachos ya se sabe… -sentenció Abelardo.

-¿Qué hay de cierto en sus palabras, Balbín? ¿Por qué le desprecia así?

-Nunca salió nada bueno de abrir los féretros, muchacho. Dejemos a los muertos descansar en paz, que ya estarán respondiendo de sus obras.

-¿Qué le hizo a usted mi abuelo, si puede saberse?- espetó Gustave, bebiendo la copa de un trago y dirigiéndose al borracho.

-Su abuelo de usted era un hijo de puta y no hay más que hablar. -la lengua de Abelardo se dislocaba a cada sílaba.

-Se acabó. Largo de aquí. Te vas a tu casa a faltar al respeto, si te dejan. Aquí no se falta más a un cliente.

-Ya me marcho, señorías, ya me marcho. Tengo la bodega llena de orujo, bendita la falta que me hace este tabernáculo.

Abelardo abandonó la taberna escoltado por otros dos compañeros que cuidaban de que no se cayera y un silencio inquieto se apoderó de la parroquia. Gustave pidió otra copa y se acomodó sobre la barra.

-Balbín, me vas a explicar de una vez que había entre mi abuelo y Abelardo.

-Chico, deberías hablar con tu abuela. Ella lo sabe mejor que nadie.

Gustave, desesperado ante las evasivas con que todo el mundo le respondía, su abuela la primera, se refugió en el vaso durante unos instantes. Mirando en derredor, reparó en que el viejillo de pana que se cruzó con él por la mañana lo miraba fijamente desde el otro extremo del mostrador, como queriendo llamar su atención. Gustave se levantó y, caminando entre los aldeanos que le miraban desconfiados, se acercó hasta él. Balbín los miraba como el marinero mira a la tormenta.

-Así que eres el nieto de Fausto, pareciómelo esta mañana. Me lo decía el corazón.

-Yo soy. ¿Y usted?-contestó Gustave secamente, que ya estaba perdiendo las formas.

-Yo fui el mejor amigo que tuvo tu abuelo sobre esta tierra. En los últimos años no tuvimos gran relación, bien es cierto pero, al enterarme de la noticia una punzada se me clavó en el pecho. La vida nos hace olvidar a las personas y seguir adelante. Tu abuelo y yo nos olvidamos de la vieja amistad y seguimos adelante, cada uno en su camino. Y ahora la muerte le ha hecho inmortal, ya nunca podré olvidarle.

-Si tan amigos eran, ¿por qué no acudió a despedirse?

-Tutéame, por favor. La vida no es fácil. El animal que acaba de salir por esa puerta es mi cuñado. Mi familia no me lo habría perdonado. Créeme que lo deseaba y ahora soy yo el que nunca me lo perdonaré.

-No entiendo nada.

-Verás, tu abuelo y yo fuimos amigos desde rapaces. Siempre juntos. Después llegó la guerra y yo tuve que subir al monte. Nadie sabe por qué, y ante dios estará dando cuentas, pero él no necesitó esconderse. Siguió con sus cabras como si la cosa no fuera con él. Mientras los camaradas morían, él parecía vivir en Francia. El caso es que, como aquí la guerra acabó pronto, poco a poco, los escondidos fuimos volviendo y pasando por el aro, besando los pies de los señoritos por su misericordia. Un buen día se me presentó y, como yo había estado en el monte, me preguntó si conocía los caminos de Portugal. Y así fue como, entre los dos, nos hicimos la ruta de la seda. Al principio los señoritos nos aplaudieron, pues podían conseguir productos que de otra manera eran imposibles y nos dejaron hacer. Como yo no podía contribuir con capital me convertí en el empleado de tu abuelo y, las más de las veces, el que se jugaba el cuello era yo y tu abuelo el que hacía los negocios. Pero, en fin, nos llevábamos bien.

-Sigo sin entender por qué tu familia odiaba a mi abuelo.

-Ay, juventud impaciente. Verás, tu abuelo pasaba muchas horas en mi casa y siempre anduvo enamorado de mi hermana Graciela. Y ella de él, no te vayas a creer. Pero mis padres decidieron que con un contrabandista en la familia tenían más que suficiente y querían casarla con Abelardo. Sin embargo, Graciela y tu abuelo no iban a rendirse tan fácilmente. Si bien mi hermana pasaba las tardes en el patio, bordando acompañada de ese tarugo, por las noches se fugaba, con mi complicidad, todo sea dicho, a la cabaña que tu abuelo tenía en el monte en el que ahora yace. Cuando aquello se convirtió en un secreto a voces, mis padres anunciaron la boda con Abelardo.

-Entiendo que no acaba ahí la historia.

-Entiendes bien. Pasaron los años y la vida siguió, Graciela parió cinco hijos y tu abuelo casó con tu abuela. Creo que incluso ya había nacido tu padre cuando mi hermana fue vista de nuevo por aquellos montes. El resto ya lo imaginas, tu abuela humillada y víctima de las malas lenguas, al igual que Abelardo. Para salvar su matrimonio y evitar más habladurías, tu abuelo cerró la casa y marchó a la ciudad. Sé que amaba a tu abuela, a pesar de todo. ¿Qué lleva a un hombre a arriesgar su familia y su nombre por un loco amor de juventud? No lo sé.

-¿Aún vive tu hermana?

-Murió hace dos años.

-Lo siento.

-Igualmente. ¿Y cómo lo lleva la abuela?

-Como puede. Ya llevaba tiempo enfermo y, bueno, te vas haciendo a la idea de que un día…, pero aún así, ya se sabe.

-Imagino, aunque yo no tengo más familia que mis hermanos. Supongo que lo de la Graciela se le asemeja. Es duro perder a un ser querido. En fin, no creo que te apetezca hablar de ello.

Ambos quedaron largo rato en silencio, sorbiendo despacio y con fruición el dulce néctar anisado, al cabo del cual, el viejo exclamó:

-¡Balbín! Rellena aquí.

-No, no. Yo debería irme.

-Acaba esta copa conmigo. La última.

-No, de verdad, lo siento.

-Sólo un trago, por la salud de Fausto.

-Está bien.

Balbín sirvió las copas y joven y viejo las bebieron en un nuevo silencio.

-Salud, muchacho, espero que volvamos a vernos.

-Yo también.

-Era un buen amigo, Gustave. Lo siento.

-Gracias. ¿Balbín qué se debe?

Pagó la cuenta y el viejo quedó mirando cómo se alejaba, con ojos de lluvia. El chaparrón  también proseguía sobre los aleros de zinc y el agua corría por las calles al son de las campanas que daban la hora. Al tintineo le seguía un zumbido que resonaba en los oídos varios segundos. Gustave sentía que no había conocido realmente a su abuelo estando con vida y ahora, con las campanas que parecían doblar por él, conocía más detalles de los que hubiera deseado. Quizás tenía que haber hecho caso de su abuela y conformarse con saber que fue un buen hombre. Por primera vez desde su muerte comprendió cuánto le echaba de menos y notó su ausencia. Una vez en casa, víctima de un deseo malsano que lo corroía, se puso frente a su retrato y sintió como una lágrima acariciaba su rostro.

Al día siguiente, temprano y tras despedirse de su abuela con un cariñoso abrazo, emprendió el viaje de vuelta. Atrás dejaba la historia, para quienes la vivieron, del mundo antes de que se convirtiera en eufemismo.

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