1ª Parte. El Abuelo Fausto. Capítulo II

El ruido de alguna alimaña más allá de las contraventanas perturbaba el níveo silencio del alba. Un suave y apenas perceptible resplandor traspasaba el quicio, proyectándose sobre las cortinas en un frágil universo de motas de polvo, mientras Gustave se retorcía sobre el colchón. Retirando las mantas se levantó con sigilo, y agrandando la pequeña hendidura entre las dos hojas de madera, apuñalando la oscuridad, asomó su alborotada cabeza, envuelta en una maraña de rizos, sin distinguir el bulto que se movía entre la maleza.  Al otro lado de la ventana, en la trasera de la casa, se extendían las tierras baldías que habían sido colonizadas por escobas, piornos y zarzas, envueltas ahora en una delicada sábana de nieve. Una masa voluminosa, como la de un jabalí, corría entre la espesura, hocicando de un lado para otro. Instintivamente, Gustave, con el mismo sigilo, pero sin perder un solo segundo, se calzó sus botas de media caña, y cubriéndose con un basto chaquetón, salió al patio trasero camino de la cuadra, donde su abuelo guardaba la vieja escopeta de un único caño. Cargándola con munición que dios sabe cuántos años llevaba allí y confiando más bien poco en que el oxidado mecanismo cumpliera su función, siguió el rastro del misterioso ungulado que se alejaba lentamente de la casa, debido a que, probablemente, se había percatado ya de su presencia. Saltó la cancela que separaba el patio del monte bajo y se dirigió hacia donde la maleza se movía con absoluto descaro, dejando tras de sí cortinas de nieve en polvo. Encañonando en la penumbra, la silueta cambió de posición en un abrir y cerrar de ojos. Tras un nuevo avance, rápido y silencioso, se repitieron los movimientos y  una nueva escaramuza hasta que, por fin, a unos trescientos metros ya de la casa, Gustave tuvo una última tentativa que no desaprovechó. La detonación restalló en todo el valle y la montaña lejana devolvió el estruendo en un eco sordo. De entre las matas, corriendo ahora a gran velocidad, se dejó ver, al fin, una corza que se alejaba monte arriba, hacia las zonas deshabitadas de la colina. Afortunadamente para él, el cérvido había salido indemne del lance. De otro modo, habría tenido que dar numerosas explicaciones. Ahora todo quedaba en simple salva que ahuyentara a las bestias que merodeaban la casa.
Aliviado y sorprendido de su propio comportamiento instintivo e irracional, desanduvo el camino hasta el corral donde dejó el arma, saliendo de nuevo a cielo abierto, por la vereda que llevaba hasta el altozano. La aclarecida, perezosa, no había avanzado apenas nada desde que abriera los postigos y, remolona, dejaba en una plomiza penumbra invernal al terruño nivoso.
Ya a las afueras de la aldea, más allá de los jirones de bruma, pudo divisar en el horizonte los contornos de las poblaciones cercanas. Eran como racimos de lucecitas que se dejaban caer desde los confines de las montañas, suspendidas como luciérnagas en las primeras noches de junio. Pensaba Gustave que cada  cúmulo de luminarias era como los distintos brazos de una galaxia, como si toda aquella comarca primitiva, alejada de la civilización, perteneciera a una misma realidad separada años luz del resto, y su posición privilegiada, justo en el extremo de uno de aquellos brazos, le permitía observar el conjunto como un espectador externo. El mundo, en ese instante, era como un inmenso teatro de marionetas y él se encontraba en el segundo o tercer palco, desde donde podía observar e imaginar, donde la vista no llegaba, el intrincado ovillo de vidas humanas que se escondían tras las puertas de todos y cada uno de los hogares que conformaban la galaxia. Las siluetas que, poco a poco, iban despertando del letargo de la noche, se proyectaban en las ventanas de la aldea como sombras chinescas, cada una en su papel. El mayoral lavándose la cara, presto a salir hacia las vaquerizas, la señora Clotilde, camino de la fuente, pese a que el agua corriente llegara hace más de cincuenta años, los niños, los pocos que quedaban, expectantes por saber si llegaría o no el transporte escolar a pesar de la nieve, abocados a una vida sin futuro, a un mundo que se acaba y del que son, sin saberlo, últimos testigos de su agonía. Las mismas historias se iban repitiendo casa por casa, en las moradas todas de la aldea, y a su vez en todos los pueblos de la región. Mismas historias con distintos matices, interminables intrahistorias, cada cual con sus curiosidades, y todas ellas dignas de ser contadas. La visión de conjunto que presenciaba Gustave la hacía completa e, irónicamente, le hacía ver a la humanidad como lo que era, un simple animal más, que había colonizado aquellas tierras y que luchaba cada día, durante siglos, por sobrevivir. Las diferencias con una colonia de hormigas o un avispero se desdibujaban y los lugareños se animalizaban, animalizando por sinécdoque al género humano. Cuántos millones de historias comenzaban en ese momento a lo largo y ancho del orbe, y cuántas acababan para siempre, repartiéndose y confundiéndose con el polvo. Tal vez por el frío y por el hecho de que iba poco abrigado, o tal vez por la sensación de pequeñez que acababa de experimentar al comparar su infinitesimal vida con el conjunto, su espalda toda se vio invadida por un escalofrío tremebundo. Frotó sus manos y, mientras trataba de calentarlas con su propio aliento, emprendió de nuevo la marcha por el camino que llevaba hacia la vieja estación ferroviaria abandonada.
La vida iba volviendo poco a poco con las primeras luces. Los cuervos se desperezaban en los surcos y algún carbonero madrugador ya revoloteaba de rama en rama, como queriendo entrar en calor. Atrás en los prados, quedaban las lavanderas y avefrías rebuscando algo que llevarse al pico y todos los animales parecían madrugar a pesar del frío.
Los pasos de Gustave iban borrando las huellas de conejos y raposos, y de todo tipo de aves indeterminadas que se habían paseado antes que él por las albas laderas que bajaban hacia la cárcava. La senda, que unos días atrás se encontrara alfombrada por las candelas, era ahora una rutina de blanco, un monótono crepitar de pasos que iba espantando a los pequeños habitantes autóctonos.
Más adelante,  a  la derecha del camino, quedaba la antigua alquería, rodeada de tierras que en su día se sembraron con centeno y que ya no eran más que un caldo de cultivo para el cornezuelo. El tejado, semiderruido, con la inmensa viga central, que bajaba desde lo alto de la cara norte de la construcción, directamente al suelo en la cara sur, hacía ya varios años que había cedido al peso de las nieves y el rigor de los vendavales. Toda ella, envuelta en nieve y ruinosa, era una postal de otros tiempos, un cliché degradado de un pasado entre bucólico y cruel, de hambre y miseria, un retrato en sepia de la historia de sus ancestros.
Más allá de la hacienda el sendero se retorcía, estrechándose y bajando momentáneamente, para luego volver a subir, una vez pasado el arroyo. El puente, del que sólo  quedaban los machones, permitía el paso, siempre y cuando se dispusiera de largas piernas o de un considerable equilibrio en su defecto. Las orillas escarchadas contenían un cauce manso que apenas emitía un agradable gorgoteo en el silencio de la mañana. Una vez que Gustave hubo cruzado el lecho, apretó el paso, cogiendo fuerzas para la larga rampa que llevaba hasta la estación abandonada. Los planes de reconversión nunca habían llegado a aquella zona y el simple mantenimiento de la vía, hacía inviable mantener el recorrido. Apenas una decena de personas había sido partícipe del último trayecto, veinticinco años ha.
Los ciclópeos arcos de mampostería que daban acceso a la sala principal permanecían intactos salvo por el musgo que lo iba cubriendo todo. Las zarzamoras trepaban por las paredes y se agarraban a las ventanas en un intento de sitiar y someter las moles graníticas. El suelo, donde no había alcanzado la nieve, era un collage de legajos amarillentos y, por todas partes, podían encontrarse basuras y desperdicios que hacían sospechar de algún asentamiento humano reciente. Como a unos cincuenta metros comenzaba el puente mediante el cual las vías salvaban el desnivel del valle. Bajo este, el repertorio de despojos e inmundicias se repetía y los restos de alguna fogata confirmaban la sospecha de habitantes nómadas.
La luz iba creciendo y el sol, más allá de la neblina que lo envolvía todo, ya debía de haber salido. Como saliendo de un hechizo, despertando de las fantasías que brotaban de su cabeza a cada nuevo hallazgo, de pronto cayó en la cuenta de que su abuela ya llevaría rato despierta y se estaría preguntando dónde demonios andaba. Retomó sus huellas y aligeró el camino de vuelta. Un hilo de humo enhebraba las chimeneas del pueblo como si éstas  permanecieran asidas del cielo, colgadas por una brizna grisácea con olor a combustión de heno y leña.
Ya a la entrada de la aldea, en una revuelta angosta y umbría se cruzó con un paisano de blanca barba, con  gorra y chaqueta de pana, del que había olvidado el nombre. Los efluvios del orujo le acompañaban monte arriba a pesar de la hora temprana y, tras saludar a Gustave, entre curioso y distraído, queriendo recordar su cara, se perdió camino de la montaña. Las numerosas pisadas impresas en la nieve del patio parecían indicar que la abuela, no sólo estaba despierta, sino que además ya se había encargado de aclimatar la casa. Al cruzar la verja, reparó en el columpio solitario donde pasó tantas y tantas horas jugando con sus primos y en el que ya no se posaban más que los gorriones. Cuánto recuerdos volvían a su memoria a cada paso. Sacudió la cabeza, como queriendo librarse de ellos y del frío, y abrió la puerta trasera de la casa. La voz de su abuela llegaba desde la cocina.
-Gustave, ¿dónde has estado? Espero que traigas el desayuno.- El nieto, acercándose a la cocina, se reía pícaramente.- Me he tomado la libertad de acercarme al colmado a buscar algunos víveres. Espero que no te moleste, pero sospechaba que tú no lo harías. – dijo la abuela bromeando.- Tienes tostadas y café recién hecho.
-Gracias, abuela. Vengo hambriento.
-¿De dónde si puede saberse?
-Subí hasta la estación. Me desperté temprano y necesitaba despejarme. ¿Cómo están las carreteras?
-Por lo que sé el autobús de los niños no ha salido, o al menos no ha llegado hasta aquí.
-Entonces mañana será otro día. Por lo pronto hoy me quedo contigo.
-¿No te dirán nada en el trabajo?
-No, no te preocupes.
-Bueno, por mí encantada. Aunque ahora tengo que salir a casa del notario. ¿No te aburrirás aquí solo?
-Descuida, hay multitud de recuerdos por toda la casa. Me apetece investigar un poco.
-Ay, hijo, investiga lo que quieras, pero no creo que encuentres nada más que trastos viejos e inservibles. Ahora dame un beso, no creo que tarde mucho.
-Adiós abuela.- dijo Gustave, dándole un beso con el carrillo lleno.
Terminó el desayuno y se dirigió mecánicamente al taquillón que se encontraba frente a las escaleras del sobrado. Abrió varios cajones hasta que encontró lo que buscaba, una bombilla con un alargador, enrollada como el lazo de un vaquero, que desenmarañó con cuidado y conectó en la base del enchufe. Abriendo la puerta que conducía al desván y tirando del cable que sujetaba la bombilla, dejándola suspendida, se adentró en las escaleras que conducían a su pasado. Aquel era el reino del polvo y las telarañas. Un viejo candil de petróleo dormitaba colgado de una viga como en un prolongado letargo y, junto a algunos juguetes desvencijados, un galán de noche y varios muebles deteriorados, aparecían varias cajas de madera y un baúl labrado.
Acomodó la bombilla, haciendo un nuevo lazo con el cable, en el mismo gancho del que colgaba el candil y así, con las dos manos libres, se acercó hacia el baúl que abrió con un gemido de goznes. A éste le siguió un fuerte aliento de alcanfor, pero en las tripas del baúl no había otra cosa que mantas y ropa de cama. Decepcionado, se acercó hacia las cajas y las fue llevando una a una bajo el fulgor de la bombilla. Una vez estuvieron todas alineadas bajo el bulbo, comenzó a inspeccionarlas. Encontró multitud de carpetas con planos y escrituras que dejó a mano pues, probablemente, su abuela las necesitaría. Así pasó largo rato y cuando ya andaba distraído, pensando con qué entretendría la tarde, y más preocupado de dejar todo como estaba que de hacer un valioso hallazgo, de una de las carpetas se escurrió, como si hubiera tomado por sí sola la decisión, otra carpeta más pequeña que había pasado inadvertida en el primer careo. Al abrirla, aparecieron varias fotografías de sus abuelos con pinta de recién casados y una colección de cuartillas manuscritas, unidas por una argolla. Echó un rápido vistazo y, hojeando, parecía como si lo que acababa de encontrar fuera una novela,  inconclusa para más señas, o más bien una suerte de piezas de un puzzle, capítulos inconexos y reflexiones garrapateadas al margen. Pasaba las páginas de aquel rompecabezas de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, como hipnotizado, buscando una respuesta. Lo más asombroso apareció en la primera hoja. El relato carecía de título pero el nombre del autor podía leerse con claridad, Fausto de Castro.

Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Esta entrada fue publicada en 1ª Parte. El abuelo Fausto, Los Paraísos Amnióticos y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.