1ª Parte. El Abuelo Fausto. Capítulo I

¿Qué decir cuando ya está todo dicho? En esta época prosaica no queda sitio para grandes historias, cartas, coordenadas polares ni astrolabios, anaqueles de cuentos, ni islas ni tesoros, caminos de Santiago u odiseas lejanas.

La abuela, colgada del brazo de Gustave, tratando de esquivar los charcos y lidiar con un viento que iba de cierzo a gallego, indeciso, cabalgado por escuálidos copos de nieve, apretaba el paso decidida, con esa extraña fuerza de flaqueza que debe de quedar tras perder al ser amado. Muchas gracias, hijo, por servirme de sustento. Caminaban como podían, a través de aquel rupestre cortejo fúnebre, y contra la legión extranjera de inclemencias meteorológicas. El paraje se encontraba desolado en esos últimos días de noviembre, grandes charcos anegaban el camino y otros más sutiles permanecían escarchados, lívidos, mortecinos, como esperando unos refuerzos que no tardarían en caer. La luz iba cediendo ante un ocaso que se perdía a través del plúmbeo horizonte, cubriendo los cerros de aquel inmenso balcón enfrentado a la tierra infinita y desolada, a rocas impertérritas y solitarias, a la desazón insondable del invierno de la vida, a la muerte cenicienta que iba contenida en una urna. Las sombras decrépitas de los cadáveres caducifolios, difuminadas por una incipiente neblina, se alargaban hacia el orto, gigantescas, tomando vida propia, como si quisieran despedirse del paisano.

El aguanieve comenzó a arreciar cuando la congregación de ropajes de luto, como fantoches, algunos, muy pocos, bajo algún paraguas, llegó al lugar señalado, asomados al inmenso ventanal que recortaba el valle profundo. Parecían una bandada de cuervos diseminados por el ramaje de un viejo y desnudo negrillo, cuando el padre de Gustave destapó la urna. El viento soplaba con fuerza, arremolinándose en los ventisqueros, y las cenizas comenzaron a describir órbitas inconexas, deshilvanadas, confundiéndose con los primeros copos de aquel invierno precoz, y cayendo definitivamente y para siempre sobre la escasa vegetación que circundaba las trochas y senderos, por los que el abuelo de Gustave pasó su infancia, persiguiendo a las lagartijas, escuchando al cárabo en las noches estivales, o recogiendo leña cuando volvía de la escuela.

Hacia el otro lado quedaba la silueta desdibujada de la aldea, entre alisos y abedules, como estampada sobre el horizonte, solamente quebrado por el humo de las chimeneas, en un mustio y soturno óleo impresionista.

Gustave, que nunca vio y nunca más verá deslizarse las lágrimas furtivas por el rostro de su padre, se acercó a él, rodeándole por la cintura, como queriendo arrancarle del meigallo, último superviviente de un naufragio, último en abandonar la nave, cerrando la comitiva, anclado, lastrado en los recuerdos, encallado en las últimas pavesas, que aún flotaban en la tarde. Deberías quedarte esta noche con la abuela, fueron las únicas palabras articuladas por su padre. Sí, descuida.

Caminaron con dificultad el trecho de vuelta hacia los coches, entre las sombras que se apoderaban del collado, donde unos cuantos les esperaban y donde, los más, se encontraban ya prestos al viaje de vuelta. Despidiéndose de sus padres, Gustave hizo entrar a su abuela en el coche, y condujo hasta la aldea. La carretera era estrecha y estaba completamente invadida de hojas secas, por lo que parecía como si absorbiera toda la luz de los faros de su automóvil. Un colchón de hojarasca amortiguaba la caída de la noche.

Pocos minutos más tarde, transitaban las calles solitarias y oscuras de aquella pequeña aldea de montaña. Aparcaron en la entrada de la vieja casa familiar, justo al borde de la verja del jardín, encomendado a las correhuelas, los ceñiglos y las trepadoras de toda índole, que se habían ido enroscando en los laberintos del tiempo y el abandono. La cancela se deshizo en un lamento atávico y abuela y nieto penetraron al viejo edén decadente y melancólico. Dejando atrás la fuente, que antaño presidiera la composición del pensil y que ahora no era más que un tapiz de yedra hirsuta, abrieron las cerraduras del portón, ayudándose de la aldaba, pues el óxido había hecho de su funcionamiento un trabajo bastante rudo. El olor a carcoma y humedad les dio la bienvenida, y mientras la abuela iba levantando el polvo de los muebles, Gustave se dedicó a la tarea de buscar leña con que alimentar la gloria. Nunca olvidaría la impresión que le causó aquel sistema de calefacción, que permitía calentar los pisos de toda la casa, y que creía olvidado en los más recónditos recuerdos de su niñez. Aquel vestigial hipocausto constaba de un pequeño horno situado al fondo del patio, desde donde se suministraba leña menuda, pues la lenta incineración no hacía necesario el uso de madera más voluminosa, y se controlaba la temperatura con la apertura o cierre del aire. De aquel horno partían varias toberas soterradas bajo el piso de la casa, por donde escapaban los humos de la combustión, calentando así el aire que lo rodeaba en el falso suelo, y de esta manera, el resto de la vivienda.

En poco más de una hora toda la casa había cedido la humedad y, si bien no hacía calor, permitía una estancia agradable. Ayudó a su abuela en la limpieza y el trasiego de muebles hasta que, al fin, agotados, después de un largo día, pudieron descansar sobre el sofá. Tras un breve espacio de tiempo en que el silencio dominó los confines de la casa y de la aldea, del mundo todo, en ese momento incómodo en que la tristeza y el recuerdo volvían sin cesar al pensamiento, la abuela, pragmática como sólo pueden serlo las mujeres, rompió la mordaza del luto y propuso a su nieto acercarse a cenar a la taberna.

La noche era fría, aunque el viento había amainado en parte. Los copos de nieve caían ligeros sobre sus hombros y revoloteaban alrededor del cono luminoso de las farolas de vapor de mercurio. Colocarse debajo de ellas y mirar hacia arriba era deleitarse con un auténtico enjambre de claroscuros, un contraste de abejas y mariposas que caían delicadamente para posarse sobre el suave manto blanco que se iba apoderando de los rincones de la calle Mayor. Ésta, de apenas cien metros de longitud, desembocaba irremediablemente en la plaza de la Iglesia, frente a la cual podía verse la luz dorada de la taberna, que contrastaba enormemente con la pálida luz verdosa de los faroles, máxime en aquellas noches de cellisca. Las hadas de hielo estrellado danzaban por los confines de la bóveda, como si el mundo se resumiera en esa plaza. Una niebla de aguardiente se escapaba por la puerta de la taberna de Balbino, que Gustave sujetaba para dejar paso a su abuela.

– Le acompaño en el sentimiento, señora Asunción.- dijo Balbino, entre taciturno y vergonzoso, sobreactuando. La escasa parroquia giró su cabeza al unísono, y repitió la letanía entre dientes, como un arrullo.- Al fin descansa don Fausto.

– Allá quedó en sus montes y su sierra, al murmullo de los arroyos y el cobijo de los bosques. -respondió la abuela en un discurso grandilocuente que parecía largamente ensayado.- Es lo que él hubiera querido.

– No cabe duda, señora, así me lo confesó a mí en numerosas ocasiones. Ese cerro era para él su vida. Allí pacieron las cabras de su familia cuando chiquillo, allí veló las noches de verano cuando mozo y allí quería volver para el descanso.

– Gracias, Balbín. Me hago cargo.

– No hay nada que agradecer, doña Asunción. Escrito estaba y de Dios era, vinimos para irnos y quedar sobre la tierra.

– Ahórrate las retóricas, Balbín. Ya se habló de muerte en demasía por hoy. En este momento sólo quisiera convidar a cenar a mi nieto.

– Lo siento de veras, señora, no fue mi intención importunarla. En cuanto a la merienda, sólo puedo ofrecerle un guiso de caza con patatas.

– Sí, está bien. Nos sentiremos reconfortados del frío de la noche y de la alimaña que nos corroe el vientre.

Gustave, que había permanecido mudo durante todo el coloquio, estupefacto ante aquella escena sacada de Las Comedias Bárbaras, recogió las cazuelas de barro humeantes y las llevó a una mesa, frente a la cual dos aldeanos cerrupios jugaban a los naipes. Comieron despacio, sin mucho apetito y sin apenas cruzar una palabra. Afuera la nieve iba conquistando la tierra y el silencio era absoluto salvo por el ladrido casual de algún perro aterido y el viento que, en ráfagas de nuevo cada vez más frecuentes, iba tomando aires de ventisca.

Acabados los platos, la abuela se levantó para pagar y Balbino, ofendido, se negó en rotundo, ofreciendo además un vaso de aguardiente de orujo, que la abuela rechazó pero no así su nieto Gustave. Recuperadas las fuerzas por la cena y el trago de orujo, agarró del brazo a su abuela y, agradeciendo con la mano el gesto de Balbino, salieron de la cantina. Caminaron despacio con el único sonido del crujir de la nieve bajo sus pies.

La casa estaba tibia pero como las camas, arregladas con ropa limpia hace unas horas, se encontraran bastante desapacibles, la abuela decidió buscar sendas bolsas de agua, que previamente había calentado en el puchero.

– Mañana me arreglaré con el notario. Puedes irte, si quieres, después del desayuno. Ya mandaré a buscarme a tu padre o alguno de sus hermanos.

– Como quieras, abuela. A mí no me importa quedarme cuanto necesites.

– Deja, hijo, deja. Aquí no me haces falta y los jóvenes siempre tenéis mucho que hacer. No se te alcanza cuánto agradezco que te hayas quedado aquí esta noche. Hacía tantos años que no dormía bajo este techo y ahora, sin él, extraño hasta respirar. Se me hace tan ajeno estar aquí. Ven, dame un beso y vamos a dormir.

La soledad del mundo se fue extendiendo por las esquinas de la casa, incluso la carcoma, somnolienta, se recogió en un silencio de duelo. Arriba en el cerro, quedaba el abuelo Fausto, mezclado con la nieve y confundido con las piedras, sal de la tierra y cenizas de la vida. La primavera le llevaría por los cauces y le repartiría por la vaguada, floreciendo en los cerezos y los almendros, valle abajo. La vida seguía, como sigue siempre, y la muerte volvería a levantarse mañana, igual que todos los días, compañeras indisolubles, regentes de todo y portadoras de ausencia. Vida, muerte, pasado y futuro. Nada.

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